La vieja del monte

Cuando uno es niño en Liegos, tan pequeño como para tener prohibido casi todo, me refiero a un rapaz con una edad insuficiente como para no poder ir siquiera con los corderos, en ese tiempo, pues uno siente verdadera rabia por no poder ir al monte como los mayores. Que llegaba el buen tiempo y se formaban las beceras de vacas, pues el niño de casa cogía un berrinche porque él también quería ser pastor. Que llegaba el Sanmiguel y había que ir a por leña, pues ya estaba la madre o la abuela sujetando al rapaz para que no marchase con los hombres al monte. Que había que ir a por una cabra recién parida que no había vuelto a casa, pues otra llorera por no poder ayudar a buscarla. En definitiva, siempre que algún mayor de la casa iba al monte, el niño se tenía que aguantar las ganas y quedarse en el corral.

Pero a pesar de estos disgustos, había algo que hacía que mereciera la pena ser tan pequeño.  Era sin duda el momento en el que los mayores, cansados y sucios, volvían del monte:

– Ven acá, rapaz. ¿A que no sabes quién me preguntó hoy por tí?-

 Vaya si lo sabía. Llevaba toda la tarde pensando en ello. -¿Quién te preguntó por mí?-

– ¡Pues la Vieja del Monte! la encontramos atropando palos junto a la Canalina. Nos preguntó que donde andabas, que cómo no habías ido a por leña tú también, pero ya le dijimos que para otro año, que ya habrás crecido un poco más, ya podrás venir.-

En ese momento ya no importaba no haber ido. – ¿Y cómo es que la Vieja del Monte me conoce si nunca puedo ir a verla?-

– Hombre, la Vieja conoce a toda la gente del pueblo, y además, a los rapaces os quiere mucho, y siempre pregunta a los mayores por vosotros. Aunque no os haya visto todavía, os conoce de sobra. Fíjate si sabe de tí, que me dijo que tenías que aprender a leer cuanto antes. Que si aprendes este año a leer, para otro ya te dejará tu madre ir al monte-

Lo de aprender a leer no entraba dentro de mis planes, pero bueno, si lo dice la Vieja del Monte… – ¿Y viste al lobo que tiene como si fuese su perro?-

– Sí, claro, siempre anda detrás de ella igual que un corderín, parece mentira que sea un lobo. ¿Pero, por qué no miras en el zurrón, a ver qué encuentras…?-

Ahora sí que se ponía uno contento. Dentro del zurrón había un paquete hecho con hojas de periódico que rezumaba grasa roja de chorizo. – ¿Esto es para mí?-

– Pues sí. Me dijo la Vieja que te bajase un cacho de chorizo del suyo para que lo probases. Y también un poco de pan que hace en su horno, y un trozo de queso de sus cabras. La verdad es que te tiene que querer mucho cuando te manda tantas cosas. Cuando yo era pequeño, a mí me mandaba un poco de pan blanco, a lo mejor untao de tocino, y sólo de vez en cuando… Se ve que a tí te mira con buenos ojos-

A esas alturas yo escuchaba con la boca llena y los ojos como platos, comiendo aquel chorizo tan rico. Y es que, aunque el chorizo que hacen en casa está muy bueno, el de la Vieja del Monte es el mejor chorizo del mundo mundial. El queso está bueno también, pero el pan, con lo famoso que es el pan de la Vieja del monte… ahí la Vieja no está tan fina. Siempre está entre duro y revenido, aunque vamos, no importa lo más mínimo, porque el detalle es lo que cuenta… y el chorizo cuenta todavía más que el detalle.

Hoy en día, como aprendí a leer y crecí un poco, ya conozco a la Vieja. Y lo cierto es que todo lo que me contaban mis mayores sobre ella era verdad. Y aunque no siempre, de vez en cuando me la encuentro por el monte, y echamos una parlotada, y me pregunta por los rapaces de casa, y me manda un cacho de pan con chorizo para ellos.

Relato narrado por Juan A. Gil Valbuena, de Liegos

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